Recuerdo aquel día en el que fui al cuarto de mi abuelita y me encontré un recipiente lleno de agua bendita, como me había portado mal, me lavé la cara con esa agua sagrada. En la noche, volví a entrar; descubrí a mi abuelita guardar su dentadura en ese recipiente.
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Desde los nueve años, no he vuelto a curiosear "el agua bendita"
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